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Después del primer encuentro... ¿como continua la innovación?

Los obstáculos, las barreras y las colaboraciones que permiten que el encuentro entre la investigación y la empresa se convierta en un proyecto común.

Ona Tribó Miró
Ona Tribó
Responsable de la Unidad de Comunicación y Promoción

Una breve conversación durante una conferencia, el intercambio de una tarjeta de visita o una reunión entre un grupo de investigación y una empresa pueden parecer gestos modestos. Sin embargo, muchas colaboraciones en materia de innovación comienzan precisamente así: cuando dos organizaciones descubren que comparten un reto, una necesidad o una oportunidad.

Eventos como la Semana de la Innovación de la UAB facilitan estos primeros contactos. Permiten descubrir capacidades científicas y tecnológicas, identificar necesidades empresariales y reunir a personas que, en otras circunstancias, difícilmente se habrían conocido. Pero el encuentro es solo el punto de partida.

Entre una conversación inicial y el inicio de un proyecto hay un proceso que a menudo pasa desapercibido. Es necesario comprender qué puede aportar cada parte, definir el reto, armonizar las expectativas, generar confianza y encontrar los recursos necesarios. En algunos casos, este proceso es rápido. En otros, puede llevar meses o incluso años.

Reconocer un interés común

El primer paso consiste en determinar si realmente existe un punto de conexión. Una empresa puede estar buscando una solución para mejorar un proceso, desarrollar un producto, acceder a una tecnología o anticiparse a un cambio en el mercado. Por su parte, un grupo de investigación puede disponer de conocimientos, metodologías, datos o resultados científicos con potencial de aplicación.

Sin embargo, compartir un área de interés no es suficiente. Para que una conversación avance, ambas partes deben identificar una posible complementariedad.

Esto implica ir más allá de preguntas generales como «¿en qué estáis trabajando?» o «¿de qué tecnologías disponéis?». Las conversaciones más útiles suelen comenzar cuando se formulan preguntas específicas: qué problema se está resolviendo, por qué es relevante, qué soluciones se han probado hasta ahora y qué necesita cada parte para avanzar.

En esta fase inicial, la curiosidad y la capacidad de escuchar son tan importantes como los conocimientos técnicos. A menudo, una oportunidad de colaboración no surge porque una tecnología se ajuste perfectamente a una necesidad predefinida, sino porque la conversación permite replantear el problema desde una nueva perspectiva.

De una necesidad general a un reto concreto

Uno de los momentos cruciales es definir el reto. Frases como «queremos incorporar la inteligencia artificial», «necesitamos ser más sostenibles» o «buscamos innovar en nuestro producto» pueden servir para iniciar una conversación, pero siguen siendo demasiado generales para desarrollar un proyecto.

Es necesario transformarlas en preguntas más precisas. ¿Qué proceso hay que mejorar? ¿Qué resultado se desea obtener? ¿De qué datos, infraestructura o recursos se dispone? ¿Cómo se evaluará si la solución funciona? ¿Qué limitaciones técnicas, económicas o normativas hay que tener en cuenta?

Este nivel de detalle permite determinar si los conocimientos especializados disponibles pueden abordar el reto y qué tipo de colaboración es la más adecuada. Quizá se necesite un estudio inicial, una prueba de concepto, un proyecto de investigación colaborativo, una validación en un entorno real o, simplemente, un taller para explorar alternativas.

Definir el problema con claridad también ayuda a evitar uno de los errores más comunes en la innovación: empezar a desarrollar una solución antes de haber acordado claramente qué necesidad se va a abordar.

Obstáculos tras el primer contacto

Aunque exista un interés común, la colaboración no es automática. Tras la primera reunión, pueden surgir obstáculos relacionados con los plazos, los recursos, las prioridades o las formas de trabajar.

La investigación y la industria pueden funcionar con plazos diferentes. Una organización puede necesitar resultados en unos pocos meses, mientras que ciertas cuestiones científicas requieren procesos más largos de experimentación y validación. También puede haber diferencias en el lenguaje, en la percepción del riesgo o en las expectativas respecto a los resultados.

Otras cuestiones, como la confidencialidad, la propiedad intelectual, el acceso a los datos, la normativa o el presupuesto disponible, pueden influir en el desarrollo del proyecto.

Estos obstáculos no significan necesariamente que la colaboración sea inviable. A menudo indican que es necesario ajustar su alcance. Un proyecto ambicioso puede comenzar con una iniciativa más modesta que permita validar la relación, generar pruebas y reducir la incertidumbre.

El papel de los equipos de transferencia e innovación

En este proceso, los equipos de transferencia e innovación desempeñan un papel esencial. Actúan como puente entre entornos que pueden tener idiomas, prioridades y procedimientos diferentes.

Su función no se limita a poner en contacto a las personas. También pueden ayudar a identificar a los interlocutores adecuados, interpretar las necesidades de cada parte, estructurar una propuesta de colaboración y ofrecer orientación sobre vías de financiación, instrumentos contractuales o protección del conocimiento.

Estos equipos contribuyen a convertir una conversación inicial en una posible hoja de ruta. Pueden ayudar a responder preguntas como: ¿cuál es el primer paso realista?, ¿qué capacidades hay que aportar?, ¿quién debería participar en las próximas reuniones? y ¿qué datos se necesitan antes de poder tomar una decisión?

Este apoyo resulta especialmente relevante en las primeras fases, cuando aún no existe un proyecto formal ni se han asignado recursos, pero hay una oportunidad que hay que explorar.

¿Cuánto tiempo se tarda en poner en marcha un proyecto?

No existe un plazo único válido para todos los casos. Algunas colaboraciones pueden concretarse en cuestión de semanas, sobre todo cuando el reto está bien definido, las capacidades son fácilmente identificables y se dispone de los recursos necesarios.

En otros casos, el proceso puede prolongarse durante meses. Puede ser necesario incorporar nuevos socios, preparar una convocatoria de financiación, recabar datos, realizar un análisis de viabilidad o esperar a que el proyecto encaje en las prioridades estratégicas de las organizaciones.

El tiempo que transcurre entre la primera conversación y el inicio de un proyecto no siempre es tiempo perdido. Durante este periodo, se genera confianza, se comparte información y se comprende mejor el contexto de la otra parte. Esta maduración puede ser crucial para la solidez de la futura colaboración.

La clave está en que el proceso sea continuo y en que ambas partes sepan cuál es el siguiente paso, por modesto que sea.

Mantener viva una relación sin financiación

No todas las relaciones cuentan con financiación inmediata, ni todas pueden convertirse rápidamente en un proyecto. Eso no significa que haya que descartarlas.

Una relación puede mantenerse activa mediante reuniones periódicas, el intercambio de información, la participación en actividades conjuntas o la identificación de futuras convocatorias. También pueden promoverse acciones de bajo coste, como una visita a un laboratorio, una sesión técnica, un estudio de caso compartido o la preparación de un pequeño estudio exploratorio.

Sin embargo, es importante evitar que la relación dependa únicamente de la buena voluntad o de conversaciones que carecen de continuidad. Conseguir compromisos sencillos, como compartir información específica, reunirse en una fecha acordada o redactar una propuesta inicial, ayuda a mantener el impulso inicial.

A veces, una colaboración no llega a madurar porque no es el momento adecuado. Las prioridades cambian, surgen nuevas necesidades o se abren oportunidades de financiación. Por este motivo, mantenerse en contacto puede permitirle retomar una idea más adelante en condiciones más favorables.

Conectar es solo el principio

La innovación necesita espacios de encuentro. Sin contactos, muchas capacidades científicas no llegan a las organizaciones que podrían aplicarlas, y muchos retos empresariales o sociales no llegan a los equipos que podrían ayudar a resolverlos.

Pero el valor de estos encuentros no se mide únicamente por el número de contactos establecidos. También depende de la capacidad de aprovecharlos, de traducir los intereses en retos concretos y de forjar relaciones basadas en la confianza y en objetivos compartidos.

La Semana de la Innovación de la UAB representa una oportunidad para iniciar estas conversaciones. El verdadero reto comienza después: convertir un encuentro en una relación, una relación en una propuesta y una propuesta en un proyecto capaz de generar resultados.

Imatge d'una reunió de la Fira de la Innovació de la UAB