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Del conocimiento al impacto: cuando la investigación se conecta con la acción pública

La transferencia de conocimiento va mucho más allá de llevar los resultados de la investigación al mercado. También tiene lugar cuando los datos científicos contribuyen a diseñar mejores políticas públicas, servicios y respuestas a los principales retos sociales y territoriales. En este artículo, reflexionamos sobre cómo la colaboración entre universidades, administraciones públicas y agentes locales puede convertir el conocimiento en un impacto compartido.

Hafsa El Briyak
Hafsa El Briyak
Técnica de proyectos territoriales

Las patentes, las empresas, las start-ups o los nuevos productos que llegan al mercado constituyen, sin duda, una parte esencial de los procesos de transferencia de conocimientos. La investigación puede dar lugar a innovaciones tecnológicas, servicios especializados e iniciativas empresariales que generan actividad económica y contribuyen al desarrollo del territorio.

Pero la transferencia de conocimiento va mucho más allá. También se produce cuando la evidencia científica contribuye a diseñar mejores políticas públicas, cuando una metodología desarrollada por un grupo de investigación permite mejorar un servicio dirigido a los ciudadanos, cuando una administración incorpora conocimientos especializados para tomar decisiones más fundamentadas, o cuando una organización local colabora con investigadores para comprender mejor un reto social.

Esta perspectiva cobra especial relevancia en un momento en el que las administraciones públicas deben hacer frente a retos cada vez más complejos. La digitalización de los servicios públicos, la movilidad, la gestión del agua, la gobernanza territorial, la adaptación al cambio climático y la cohesión social requieren respuestas bien fundamentadas e innovadoras, capaces de generar un impacto a largo plazo.

En este contexto, el conocimiento científico tiene mucho que aportar. Las universidades y los centros de conocimiento generan datos, metodologías, herramientas analíticas y capacidad crítica que pueden ayudar a comprender mejor estos retos e identificar posibles soluciones. Pero para que este conocimiento tenga un impacto real, debe conectar con los actores que trabajan en estos retos cada día y que tienen la capacidad de convertirlo en acciones concretas.

Es aquí donde las administraciones públicas se convierten en aliadas estratégicas. No solo porque gestionan servicios, impulsan programas, elaboran políticas y toman decisiones que afectan directamente a la vida de las personas, sino también porque conocen de primera mano las necesidades del territorio, las limitaciones de los servicios públicos y las condiciones reales de aplicación. Esta proximidad a los retos permite plantear preguntas más pertinentes, orienta mejor la investigación aplicada y facilita la traducción de los resultados en acciones concretas.

Sin embargo, esta colaboración no siempre resulta sencilla. Las administraciones necesitan respuestas aplicables, datos útiles para la toma de decisiones y soluciones adaptadas a contextos muy específicos. El personal investigador, por su parte, necesita tiempo, recursos y estabilidad para desarrollar conocimientos rigurosos. A todo ello se suman las limitaciones administrativas, normativas y de procedimiento que suelen acompañar a este tipo de colaboración. Conciliar estos plazos, necesidades y formas de trabajar es uno de los principales retos de la colaboración entre las universidades y la administración pública.

A esto se suma otro factor: a menudo, los distintos actores desconocen las oportunidades de las que disponen. Las administraciones públicas no siempre conocen las capacidades científicas y tecnológicas que existen en las universidades. Los investigadores no siempre conocen las necesidades específicas a las que se enfrentan los ayuntamientos, las diputaciones u otros organismos públicos. Y, en muchos casos, tampoco se conocen bien los instrumentos que permiten establecer estas colaboraciones.

Cuando se habla de la cooperación entre universidades y administraciones públicas, es habitual pensar en proyectos de investigación competitivos. Pero la realidad es mucho más variada. Los acuerdos de colaboración, los contratos de investigación, las cátedras financiadas, las licitaciones públicas o los proyectos europeos son algunos de los mecanismos que pueden facilitar la generación de conocimiento aplicado y su transferencia al territorio. Sin embargo, identificar la vía más adecuada no siempre es sencillo. A menudo existen intereses comunes y oportunidades de colaboración, pero no queda claro qué instrumento es el más adecuado para cada caso, ni cómo convertir una necesidad en un proyecto viable.

Tan importante como disponer de estos instrumentos es dar visibilidad a las experiencias que ya están funcionando. A menudo, una administración descubre una nueva forma de colaborar con la universidad porque otra administración ya lo ha hecho. Y muchos investigadores identifican nuevas oportunidades cuando conocen experiencias similares impulsadas por otros grupos de investigación. Compartir casos de éxito no es solo una forma de reconocer el trabajo realizado, sino también una herramienta para generar nuevas oportunidades e inspirar nuevas alianzas.

Pero hay una conclusión especialmente relevante: la colaboración no surge de forma espontánea. Requiere espacios de encuentro, confianza, comprensión mutua y personas capaces de traducir los diferentes lenguajes. En algunos casos, las posibles oportunidades de colaboración no llegan a materializarse simplemente porque los actores no han tenido la oportunidad de reunirse o de explorar posibles vías de colaboración.

Aquí es donde los espacios intermediarios desempeñan un papel cada vez más relevante. No solo como facilitadores de proyectos, sino como nexo entre las necesidades y el conocimiento, entre los retos públicos y las capacidades científicas, entre las preguntas reales y las posibles respuestas. La innovación no consiste solo en generar nuevas ideas; también consiste en crear las condiciones para que esas ideas lleguen allí donde puedan tener un impacto real.

Quizá, en lugar de preguntarnos cómo transferir el conocimiento, deberíamos preguntarnos cómo generar un impacto compartido. Y la respuesta reside, inevitablemente, en reforzar las alianzas entre las universidades, las administraciones públicas y el resto de partes interesadas que trabajan cada día para abordar los retos colectivos.

Porque el conocimiento genera valor cuando se comparte. Pero genera transformación cuando se co-crea y se convierte en acción.

Una reunió amb perfils diversos —recerca, administració, innovació, gestió pública— analitzant dades, mapes o documents